domingo, 25 de diciembre de 2016

Reseña: "Nosotras que nos queremos tanto" de Marcela Serrano - El mundo, tan a propósito ignorado, de las mujeres

17:40 Posted by Laura Lauman , , No comments
"El día en que el hombre se apoderó del lenguaje, se apoderó de la historia y de la vida. Al hacerlo nos silenció. Yo diría que la gran revolución de este siglo es que las mujeres recuperen la voz."
Título: Nosotras que nos queremos tanto

Autora: Marcela Serrano

Saga: No

Páginas: 358

Editorial: Altaya

Año de publicación: 1996

Año de Edición: 1999

Encuadernación: Tapa dura

Este libro me sonaba de alguna parte, no recuerdo de dónde. Como la biblioteca estará cerrada durante todo Enero, te dan la posibilidad de llevarte el doble de libros de lo usual. Siendo que yo había comprado un libro de regalo para una colega de letras, y que de paso llevaba un libro de rigor para leer, terminé caminando por la calle con seis libros, como si fuesen una columna y no en el hueco del codo, porque no se podía de otra forma. Me miraron algo raro al verme caminar, con tantos libros, uno de ellos este.

El tercer dormitorio –el mío– es, como en toda casa que se respete, el dormitorio matrimonial. Que yo duerma sola en esa gran cama hoy día no significa que fue pensado para una mujer sin marido. «Por Dios, Ana –me diría Sara enojada–, ¿cuándo han contemplado los arquitectos el espacio para una mujer sola? A pesar de todas las que somos, no parecemos ser una variable para el mercado.» La presencia del hombre de la casa y sus respectivos privilegios se adivinan tras la arquitectura y la decoración.

La vida de las mujeres no es fácil en ningún país, ni siquiera en un experimento neoliberal latinoamericano como lo es Chile. Serrano usa las voces de muchas mujeres, concentrándose en tres hermanas, para mostrar algunas partes de lo que significa pertenecer al sexo femenino.

Las «niñitas», como solía referirse a ellas su madre, estaban destinadas a cumplir un brillante itinerario: la educación básica y media en un buen colegio particular, católico y de habla inglesa. La educación superior –era bueno que la tuvieran, no necesariamente que ejercieran– sería en la Universidad Católica. Ojalá una Pedagogía o algo relacionado al concepto de servir al prójimo (pero sin rebajarse, no Enfermería). Esto les daría una base intelectual y cultural que les ayudaría a batírselas bien en cualquier circunstancia. Podrían elegir entre los mejores hombres de la sociedad para desposarse, pues también contaban entre sus atributos con una buena dote. Serían socialmente cotizadas, no les faltaría savoir faire en la vida mundana y terminarían siendo importantes apoyos para las carreras de sus maridos. Heredarían la belleza y sociabilidad de su madre, la inteligencia y disciplina de su padre. La elegancia era un don de todas las mujeres de la familia y con ella sabrían conquistar el espacio que les correspondía. Casi por sangre, habría acotado la abuela.

Desde su infancia hasta su cuarta década de vida, con apariciones de otras mujeres, mayores o menores, toda mujer reconocerá varios pasajes, que le pasaron a ella o a una amiga. Cosas que se dicen, cosas que parecen ser una cosa pero son otra, cosas que se ocultan pero que muchas hacen, cosas que son indispensables para que el sistema funcione, sistema en el que las mujeres son las primeras en ser sacrificadas en pos del resto de la familia.

El matrimonio y la maternidad las realizaría de tal manera que no cabrían en sus vidas las turbulencias del espíritu ni el desasosiego. Y si por alguna circunstancia de la vida –nadie puede ignorar su posibilidad– los matrimonios les reportaran dolor, la maternidad lo sublimaría.

Sigas o no el hilo de la historia, eso no es importante. Lo importante es que todas las mujeres son de la clase que te puedes encontrar en la calle, en tu familia, en tu trabajo, en tu universidad, en donde sea. Las abuelas que protestan porque ahora la servidumbre tiene más derechos y la odian, las amigas que se vuelven un escudo de soporte de un hombre que teme al mundo, la esposa que debe dejar todo de lado (trabajo, estudios, amistades) porque un hijo se droga y el marido no ve motivos para dejar el trabajo de él, amores en el exilio, odios bajo el mismo techo, vaivenes políticos y vidas de familias que pueden estar divididos en varios países y dos continentes.

El día de ella no es tema de conversación. Él sistemáticamente lo elude, le produce horror todo el movimiento de su mujer, se le confunden las actividades de los niños y no quiere que ella se dé cuenta. Además, siente que el agrado de llegar a esta casa que funciona tan bien no puede ser entorpecido por la explicación de cómo ha llegado a funcionar así. Él trabaja mucho y entrega una enorme suma de dinero mensual a su mujer. Su mínima recompensa es no enterarse de los detalles, pasarse la película de que todo esto anda así por arte de magia.

Leer esta obra de Serrano es leer la vida que le puede pasar, o le está pasando, a cualquier mujer. Fue un placer y un lujo poder posar mis ojos en estas páginas, llenas de partes citables como ningún otro libro.

A él no le discutía nada. Muchas veces debe haber sentido que él era muy duro educando a sus hijos, pero no se atrevía a contradecirlo, pues carecía de alternativas a proponer. No confiaba en ninguna idea propia. Tuvo hijos porque supuso que debía tenerlos, y tantos porque no supo cómo evitarlos. Fueron cuatro. A pesar de que estos la enternecían, no le resultaba cómodo cuidarlos. Criarlos era una tarea superior a sus capacidades. ¡Como si a alguna mujer le resultara fácil!, exclama Isabel. Tenía una sola gran pasión: su marido. Estaba profundamente enamorada de él. Su máximo placer era acompañarlo, sentarse en sus rodillas, abrazarlo, dormir pegada a él. Le gustaba oírlo hablar. Le parecía tanto más inteligente y ubicado en el mundo que ella. No solo lo admiraba, le tenía veneración. Cuando él se ausentaba por su trabajo, ella languidecía.

(Avance: la madre es depresiva y alcohólica)

–Creo que mi obsesión por mi vida profesional y mi dedicación a ella es casi sospechosa. Hernán me ha dicho que es incluso poco femenina. Pero… es que me dan escalofríos las vidas de aquellas mujeres sin cuento propio, las que aceptaron que el amor fuese la única referencia.

María le cuenta que en Las Mellizas las mujeres siempre se reunían en el patio de atrás de la casa. Ese parecía ser el lugar destinado a las mujeres, cerca de los niños, de la cocina, de los lavaderos. A María le gustaba ese lugar y allí pasaba horas y horas sentada en la bacinica, rodeada de lenguas que no paraban, de corridos mejicanos, de olores cocinándose. Cuando un día oyó a un amigo de su padre sugerirle achicar el living para ampliar el patio de atrás, ya que no había tenido hijo varón, a María le resultó de lo más coherente. Más tarde habría de definir la existencia de las mujeres en los hombres como en el patio de atrás de sus mentes. Y la existencia de las mujeres en el trabajo como en el patio de atrás de la sociedad, el lugar secundario.

Hasta hoy día María cree que, efectivamente, la menstruación es la cruz de la vida de las mujeres, como si con dolor y sangre pagasen, mes a mes, año a año, por ser dueñas de ese privilegio de reproducir. Lo desconcertante es que son los pecados los que merecen que uno pague por ellos, no los dones. En Las Mellizas, los campesinos creían que si una mujer menstruando cruzaba un sandial, este se secaba. Y ponían maravillas para proteger los sandiales. ¿De qué se protege uno sino de las maldiciones? Es el via crucis nuestro, dice, el castigo por ser capaces de parir.

Lleva ya diez años separada y ella ha decidido retirarse del mercado porque lo considera cruel. Además de cruel, muy escaso. Se pregunta, con justicia, dónde están los maridos de esa enorme cantidad de mujeres separadas que hay en este país. No entiende por qué hay tantas mujeres solas y casi no hay hombres solos. María le responde: 
–Todos se volvieron a casar, Laura, pero con mujeres más jóvenes. El mercado de ellos es fluctuante; el nuestro, estático. Y si te encuentras con uno que se casó con alguien de su misma edad o que está solo, desconfía. Algún problema debe tener.

No sabían cómo insultar a las mujeres si no era a través de su sexo: la forma sagrada de agresión.

Firme y decidida. No quería más viajes, más países socialistas, más casas prestadas ni piezas de hoteles. Ella quería instalarse, tener su propia casa, comprar un adorno, sentirse con alguna raíz en algún sitio. Las peleas con Vicente eran cada vez más seguidas. Este quería un matrimonio normal, una mujer que se dedicara solamente a él, y quería tener hijos. María no estaba dispuesta a ninguna de las tres cosas. Ella insistía en su derecho a las relaciones paralelas y se negaba rotundamente a la sola idea de la maternidad.

Cuando María fue a la televisión a ese foro sobre el feminismo, todos creyeron que la feminista era la oscura señora del CEMA–la contrincante– porque era fea, porque se vestía mal, porque no había ninguna dulzura en sus ojos. El propio moderador se desconcertó cuando vio aparecer a María, toda dorada –era verano–, con un coqueto vestido rosado, con el pelo largo al viento y arreglándoselas para mostrar sus regias piernas al sentarse. Por supuesto, ella lo hizo a propósito. Gozó con la confusión. Hasta Daniel la aplaudió a través de la pantalla. ¡Y tú sabes cómo pelean esos dos! No, Magda. Estamos en Santiago, no en París. Así de estúpidos son estos hombres chilenos. Dudo que en diez años se te haya olvidado. Ustedes me creen a mí tan burguesa, pero supieras cómo peleo yo con ellos. No necesito ser feminista para entender cuán retrógrado debe ser un hombre que necesita anular el atractivo de una mujer para creer que ese discurso es real. 

Llevaba diecisiete años contestando: «Aquí estoy, Hernán». 
Cuando esa noche de su cumpleaños oyó el portazo y el motor del auto encendido, sintió el ahogo. Le costaba respirar. Su único deseo era escapar. 
Escapar… 
Sin niños, sin marido, sin electrodomésticos, sin empleadas que pidieran plata para el pan.

–Es facilísimo, querida. Aquí te anotaré los nombres. Dos a falta de uno. Buenos médicos. Buenas clínicas. Toda discreción asegurada. Anestesia general. ¡Ni te das cuenta! Es como sacarse una muela… ¡Pues claro que son ginecólogos, niña! Y muy conocidos. Tienen esta actividad paralela como un buen negocio. ¡Ah!, es caro. Pero cualquiera de los dos las recibirá de inmediato. Den este nombre para que no las miren con desconfianza. 
Yo escuchaba incrédula. 
–No seas ingenua, María. ¿Qué crees tú que hace la gente como uno si se mete en problemas? No vamos a arriesgarnos en ningún sentido. Y pasa tan seguido: nunca falta la desubicada que no planificó bien. O la mujer separada que en elfondo no cuidó su ciclo porque quiere volver a casarse. O incluso la vendedora de tienda desvalida, uno se apiada de ella. Cualquier cosa antes que andar pariendo guachos. 
Llegué donde Soledad con la hora al médico tomada. Y la que quería vomitar era yo. ¿Estos son los «caballeritos» con quienes debíamos casarnos puras y vírgenes? Comprendí que nuestro retiro de ese mundo comenzaba a hacerse irreversible. 
El aborto nos costó un dineral. Piedad vendió su pulsera de oro; Magda sacó los ahorros para París (estábamos por partir). Yo vendí mi chaqueta de cuero nueva. Aun así tuvimos problemas para alcanzar la cifra total. En verdad, ¡qué gran negociado! Yo pensaba en esos países desarrollados donde abortar no es un delito, donde el Estado puede evitar esas miles de muertes de mujeres del mundo popular por hemorragia, y también evitar estos feroces negocios de los doctores ricos que hacen el doble juego moral.

Sabía que como buen hombre –sudamericano, más encima– la fidelidad era el pilar del matrimonio. No es que Juan temiese que yo amara a otro, lo único que temía era el sexo con otro. ¡El sexo, el sexo! El símbolo absoluto de propiedad. Ancestral, irracional.

–Claro… El libertinaje femenino paga costos, mientras el masculino cobra méritos. La mujer sin hombre puede ser considerada la mujer de todos los hombres. Y además, se supone que su poder, o sea el nuestro, radica solamente en la seducción.

–Las paternidades como regalos de los hombres –interviene Sara, ácidamente–, nada nuevo. Claro que es injusto el caso que cuenta Ximena, es partir de la base de que las mujeres y los hijos son la misma cosa, una suma indisoluble. Recuerdo cuando Francisco no quería que tuviésemos hijos. Las píldoras me hacían mal y ningún sistema me resultaba. Entonces le rogué que, si era él quien se negaba a los hijos y no yo, se hiciera la vasectomía. Su no fue rotundo y me pidió a mí que me ligara las trompas. Cuando al fin pude acorralarlo para que me diera la verdadera razón, me confesó que sicológicamente quería sentirse siempre fértil, que lo otro podía dañar su masculinidad, y que, por último, si nuestra relación fracasaba y se arrepentía de viejo de no haber tenido hijos, podría tenerlos con una mujer más joven. O sea, la fertilidad de él privilegiada sobre la mía. Y podrán suponer que todo el problema de la contracepción era mi problema. Yo lo vivía en total soledad, probando diferentes sistemas sin que él se enterase siquiera. Al fin decidí que la única precaución posible era sencillamente no tener relaciones en las fechas indicadas, porque él se negaba a usar condón, por principio. Yo debía llevar las cuentas con exactitud; si llegaba a equivocarme, él se indignaba y me acusaba de descuidada. Solo preguntaba: «¿Se puede o no?» Esa era toda su intervención en el problema.

Lo más osado que ha hecho en su vida –como ya lo relaté– fue arrancarse una vez, la noche de su cumpleaños, a dormir sola a un hotel de la capital, y pagó caro por eso. Pero Hernán también pagó, ya que algún efecto surtió en él: ya no está tan seguro de su poder. Aunque nos culpa a nosotras de la mala influencia –lo que es literalmente cierto–, siente su fuerza mermada. Cuenta con el enorme sentido común de su esposa, con los cinco hijos y con que su anhelo secreto siga siendo eternamente la seguridad. O sea, no es que tema por la relación en sí. Solo siente que su poder ha decaído. Y como todo hombre que ejerce tal poder, palpa cuando el temor tiende a disminuir y sabe que el temor es clave para la efectividad de este.

Nota final: 10/10

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