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miércoles, 18 de marzo de 2015

Tinta china sobre papiro, capítulo 3

Capítulo 3
Howard


Lo primero que hice fue agarrar las páginas escaneadas, y fijarme si se parecían a las que veía ahí, antes de la parte en inglés. Y sí, se parecían, pero no en lo que decían, sino en los logogramas que usaban. Porque la historia de Gengi no había terminado cuando volvió derrotado, sabiendo que esa nena... bueno, que el monstruo ese había matado a la nena. Pero esta letra es diferente, y la tinta parece que es la misma que la parte en inglés... Y no es tan fácil traducirlo.
Después de dos días sin identificar uno solo de los logogramas, me di por vencido y pasé a la parte en inglés. Desde jardín de infantes me lo habían enseñado, así que casi no tuve problemas. Parecía estar en un escenario distinto, y el protagonista se llamaba Howard. Howie, le decían las dos tías con las que vivía. Y parece que no hay otro niño por ahí en la casa. La ambigüedad, eso que tiene un sabor parecido a algo pero no es ese algo, o puede que sí, no estaba presente de la misma manera. Así que empecé a traducir ese mismo día, anotando todo lo que podía.

Una vez más, el regente de la ciudad en la que he vivido toda mi aburrida vida dijo que los monstruos horribles asechan tras los muros. Que vampiros, hombres lobo y desahucios hipotecarios están a la vuelta de la esquina, y que es mejor que seamos buena gente y saltemos cuando él chasquea los dedos. Bodoque de grasa. Dos días atrás, estaba tan borracho en uno de sus discursos kilométricos, que hasta el cura se veía avergonzado. El mismo cura que no puede usar vino en la misa porque la escasez es para todos en la ciudad.
Mis tías insisten en tomar "todas las precauciones necesarias" para protegernos de los terribles y horribles vampiros. Ellas, que en otro tiempo y lugar podrían haber sido llamadas brujas, ya que saben más que el común de las féminas en esta apestosa ciudad, tienen miedo. Y yo estoy harto de eso. "Reza, Howie". "Howie, no salgas de noche". "Howie, no hagas preguntas feas". "Howie, eso no se dice". Por poco y me ponen una mordaza cuando salgo con una de ellas, o con las dos.
El regente dijo que había habido ataques de vampiros en la ciudad. Ataques de los que no se sabe más que rumores, y que por supuesto que desapareció uno de los mendigos de la hermosa ciudad que habitamos, Prosperidad. No vaya a ser que quien lo sufra sea una persona que todos conozcan, y que puedan notar si estaba ahí antes de desaparecer. Dios, hombre blanco y rubio de ojos celestes, como el regente, nos libre de semejante cosa.
Así que, por sentido común, dejé la ventana de mi habitación abierta. No sin traba, sino abierta de par en par, e invité en voz baja a cualquier vampiro que quisiese entrar. Que mis tías ya me han dicho que no era bueno resaltar en épocas de crisis, pero no por eso iba a callarme ante mí mismo. Que entrase cualquier vampiro que quisiera hacerlo: mi habitación no estaba protegida por Dios y todos los Santos y Vírgenes. Siempre machacan a los ateos, y aquí tenían una oportunidad para mostrar que de verdad existían, y que no era un invento para asustar a un redil de gente que quería ser ovejas por ignorancia y miedo.
Vamos, vampiros, aparezcan si existen.

-¿No falta alguien?- pregunté, al empezar de nuevo el año escolar.
-Nadie- dijo César, mirando con envidia mi chocolate -Al menos, nadie que valga la pena.
-A Miriam no la aceptaron para este año- dijo Mauro, robándome un pedacito de mi chocolate con cincuenta por ciento de almendras, antes que yo pudiera siquiera probarlo -Parece que siguió con sus tonterías y la dirección les dijo que no la iban a aceptar.
-¿Eso es posible?
-No- dijo César, como un cerdo graznando -Por eso te decimos que ya pasó, porque es imposible.
-Eso, o la empresa de su padre quebró- Mauro, habiendo devorado el primer pedacito, fue a robarme otro. Puse mi chocolate fuera de su alcance.
-Pídeme y te doy, hombre- le dije, mientras tomaba un tercio del chocolate que quedaba y se lo daba -¿Cómo que quebró?
-O la vendieron, o lo obligaron a vender por un precio bajísimo- dijo César -La cuestión es que ya no tienen suficiente para ser de nuestra clase, y se fueron a un barrio lleno de guardapolvos blancos.
-¿Médicos?- pregunté, no tan ignorante como pretendía.
-No, boludo, escuelas públicas.
-¿Y nadie sabe cómo está?
-¿Y qué importa?- miró con rabia a Mauro, que se comía el chocolate como si estuviese teniendo un orgasmo, y le pegó un puñetazo en el hombro -Dejá de hacer eso, tarado.
-Ooooooh, deliciosa azúcar...- dijo el aludido, abrazándose y moviéndose de un lado al otro.
-¡Imbécil!- dijo César, y le volvió a pegar en el hombro.

Esa noche hubo un "ataque".
Escuché, como en otras noches, a los Destripadores correr en los techos, haciendo ruido para alertar a la población que allí estaban, para salvar el día y a quienes pagaban los impuestos en tiempo y forma, patrullando para luchar contra las fuerzas del mal. Como siempre, a las dos de la mañana en verano, para que cuando el Sol volviese a salir, todos en la ciudad pareciesen zombis por la falta de sueño. ¿Quién iba a poder dormir después de eso?
Ni siquiera me digné a darme la vuelta y mirar hacia la ventana: los pasos no se oían por allí, lo que significaba que los Destripadores no estaban cerca, y quizás ni siquiera mirasen en dirección a mi torre. Era una entre cientos, por lo general utilizada para habitaciones, y era común que dejasen allí a las personas mayores o a los niños como yo.
De pronto, escuché un ruido sordo.
Unos pocos y pesados pasos se dirigieron hacia mí, y cuando empecé a darme vuelta, una mano se posó sobre mi boca y presionó hacia abajo, impidiéndome emitir sonido y haciendo que abriese los ojos, impactado. Por las uñas que rozaban mi piel, más duras de lo que jamás imaginé que criatura humanoide pudiese tener, supe que, quizás, sí había algo de lo que alarmarse esa noche.
-Calla- me dijo en un inglés con acento extraño. Me miró a los ojos de nuevo, unos ojos violetas que nunca había visto, y después se escurrió bajo mi cama.
Demoré unos pocos segundos en reaccionar, o eso quería decirme a mí mismo para convencerme. Cuando al fin puse los pies sobre el piso de madera, corrí hacia una puerta trampa escondida bajo una alfombra, y le indiqué al ser de ojos violetas que se escondiese allí.
No se movió.
-¿Quién eres?- le dije, exasperado y funcionando, más que nada, a adrenalina -¿El monstruo de abajo de la cama? ¡Allí buscarán primero!
Despacio, como una gigantesca criatura que es más agua que otra cosa, se deslizó hasta la pequeña puerta y se metió dentro. Estaba, más que nada, vacía: sólo había un par de libros heréticos allí, la clase de cosa que no quieres que nadie descubra en Prosperidad. Cerré la puerta, volví a taparla con la alfombra, y luego me acosté en la cama, mirando hacia la ventana cuando escuché pasos acercándose por el techo.
-Niño- era la voz de una mujer, colgada del techo de mi torre y aterrizando en el alféizar de mi ventana-¿Qué haces con la ventana abierta?
-Creí que era un simulacro... - dije, con la voz apagada y todavía con la adrenalina golpeándome las sienes.
-Pues no lo es, imbécil- me espetó la Destripadora, y dos de sus compañeros, con las mismas ropas y armas en las manos, aterrizaron a su lado.
-¿Has visto a uno de esos monstruos pasar por aquí?- preguntó uno de ellos, aunque la oscuridad era tal que no supe cuál de los dos.
-Vi algo pasar rápido por mi ventana, y luego aparecieron ustedes... eh... ¿cuántos son?- el miedo no era fingido: sabía las historias que se contaban de quienes desafiaban a los Destripadores de vampiros, y de repente, parecía bastante real.
-Más que suficientes para destrozarte- dijo la mujer, y me miró fijo -Mantén cerradas las ventanas, niño. No quisiera tener que encargarme de ti.
-Nononononononono, ya la cierro- dije, sobresaltado.
Cuando los tres se retiraron, cerré los postigos y la ventana, sintiendo cada uno de mis pasos sobre el piso de madera. La trampilla tenía un pasador pesadísimo de hierro, y con el día acercándose, su extraño ocupante no debería tardar mucho en dormirse.
Maldito afortunado.

A la mañana siguiente, pasé por sobre la alfombra como todos los días, sabiendo que allí abajo había un vampiro, uno de los tantos cucos que usaban para asustar a los niños. Yo, en ése entonces, tenía doce años, y hacía tiempo que pensaba que esa clase de cosas no eran más que tonterías para madres y, en especial, padres que no saben cómo criar a sus hijos, pero la realidad decía otra cosa. No iba a correr a la catedral a encomendarme a Dios y decirle al cura que me había convertido, que sí creía, que había sido iluminado. No, el miedo no bastaba para hacerme renunciar a la razón.
Cuando faltaba una hora para que el Sol se escondiese en el horizonte, los muros ya proyectaban largas franjas de oscuridad sobre Prosperidad. Ese día, durante la escuela, participé en las charlas con otros niños sobre lo que había pasado anoche. Una niña dijo que había visto a tres vampiros. Otro muchacho dijo que vio cómo atrapaban a uno, después de eliminar al otro. Se tomó su buena media hora de fama explicando con pelos y señales cómo la Destripadora lo había convertido en polvo. Conté algo, lo que podía claro está, pero el miedo todavía me sacudía a veces.
Una hora antes que cayese el Sol, destrabé la trampilla y salí de la habitación de mi torre, trabándola con las tres cerraduras que tenía. Si ese vampiro era tan fuerte como pensaba, no tendría problema alguno en romper las cerraduras, o la puerta, de una patada, pero confiaba en su sentido de la supervivencia. Quizás por eso no me había matado. Así que pasé las dos horas siguientes ayudando a mis tías con las tareas de la casa, diciéndoles que estaba todavía algo asustado y quería estar un rato con ellas.
Esa noche, cuando volví a mi habitación, el compartimento bajo la alfombra estaba vacío.

Poco después, volvió Martín.
Después de casi un mes de ausencia, cayó en casa como un meteorito, un domingo, con un hombre mayor y una nena que parecía de primaria. Mamá, confundida en su nuevo papel de esposa-trofeo-accesorio-del-marido, no sabía qué decir, y Alana se limitó a mirar a Martín durante su insulsa presentación. Dijo que eran un socio nuevo, y que se quedaría unos días en casa con su hija. Después los llevó hacia una de las habitaciones de huéspedes que utilizaba cada muerte de obispo, y ordenó a todo el personal que fuesen su prioridad. Tuvieron casi dos horas para acomodarse en su nueva habitación, ordenándole a media docena de criados propios que trajesen una montaña de valijas que casi no entró por nuestra puerta. Martín les hablaba en inglés, en uno muy bueno, pero en determinado momento la nena balbuceó algo que me sonó familiar.
A finales del año anterior había comenzado y terminado el curso introductorio de chino. La que dictaba el curso me dijo que podía pasarme al curso avanzado, y acepté: una semana después de iniciadas las clases volvería al estudio del idioma, y eso estaba a dos meses de distancia. Lo que más me faltaba era pronunciación, así que me bajé unas películas chinas subtituladas y las miré, más que nada, escuchándolas. No era lo mejor, pero la única china que había conocido era la profesora de idioma que dictaba el curso.
Hasta ahora.
Durante el almuerzo, la nena dijo algunas cosas en chino, y yo le contesté lo mejor que pude. Ante la primera sílaba, tanto su padre como la nena me miraron, uno con la asombrada calma de un adulto y la otra sonriendo de oreja a oreja. Alana me miró y sonrió, mamá parecía cada vez más perdida y Martín sonrió despacio. Mei, así me dijo que se llamaba, preguntaba cosas simples y me miraba, riéndose.
Durante los días siguientes, hablé con Mei tanto como podía, y ella me enseñaba algunas palabras que usaban en el lugar donde vivía, Beijín. Su padre salía a trabajar temprano a la mañana y volvía de noche, cuando volvía, así que ella se me pegaba y hablaba. Pensé que iba a ser una "pequeña emperatriz", pero su compañía resultó bastante agradable. Me habló de su casa en Beijín, de sus viajes, de su escuela y de otras niñas, de lo que veía en su país y de lo raro que le parecía cuando iba a otros sitios y la gente no se portaba igual que en China.
Mei y su padre, con un apellido que nunca me acuerdo, se fueron el sábado siguiente, con su montaña de valijas y su media docena de sirvientes. Luego de intercambiar palabras formales, volvieron a su viaje de negocios, y Martín fue a acompañarles al aeropuerto. Al volver, sonriendo como un felino y frotándose las manos, me felicitó, diciéndome que su socio estaba muy feliz de ver que en casa de su nuevo socio había gente que se interesaba en su cultura. Esquivé sus intentos de palmearme el hombro, y lo miré fijo, sin los anteojos de Sol de por medio. Sabía lo nervioso que lo ponía cuando lo miraba así, con mi ojo derecho azul y mi ojo izquierdo verde, y que era la única forma en que entendía cuando algo no me gustaba, y no era un capricho.
-Martín, no lo hice por vos. Lo hice porque me gusta el idioma- le dije, despacio.
-Ese es el espíritu de los negocios, el hacer relaciones... - empezó, algo nervioso. No lo inquietaba el dar discursos frente a miles de personas, ni le temblaba el pulso al despedir a otras miles, pero el ver mis ojos era otro tema.
-No fue una ayuda para tus negocios, fue una ayuda para mí y el idioma que estoy aprendiendo. No me metas en eso.
-¿Y qué pretendés hacer cuando crezcas, enano?- seguía nervioso, pero ahora pasaba al estado nervioso-enojado.
-Todavía no sé, pero no pienso seguir tu negocio. Voy a ser como papá.

Pasaron un par de años, y Prosperidad siguió más o menos igual, entre "ataques" y pocas novedades más. No volví a saber de otra intrusión de vampiros en la ciudad, quizás porque habían reforzado los muros y acallado con miedo las voces que opinaban en contra. Curiosamente, empezaron a descubrirse que personas que vivían en Prosperidad eran aliados de los terribles y horribles vampiros, y siempre eran voces de la oposición.
El procedimiento era siempre el mismo: tal persona opinaba que X medida no era tan buena como se decía. Tal persona desaparecía uno o dos días. Tal persona era encontrada culpable de vampirismo, atada a un palo en la plaza pública (lo que siempre me recordaba a los palos mayores en donde se ataban a los prisioneros para darles de latigazos, en las historias de piratas), y se la dejaba allí, chillando hasta el amanecer, cuando el Sol asomaba sobre las murallas y convertía a tal persona en cenizas. Tal persona parecía ser humana antes de desaparecer, y algo deforme y embrutecido cuando estaba atada al poste. Si me quedaba alguna sospecha que los Destripadores habían logrado encontrar una forma de reproducir el vampirismo, o de imitarlo como un mal artesano intenta copiar algo hecho por un maestro, eso las disipó.
Y me ponía nervioso.
La gente nerviosa, o asustada, comete errores, y el saber que un vampiro se había llevado los únicos libros heréticos que había en casa no me pareció tan malo. Levándose la evidencia consigo, si lo atrapaban, las culpas caerían sobre él. Yo había sido lo bastante listo como para no poner mi nombre en ningún lado de los libros, y tampoco intenté buscar más volúmenes comprometedores. Seguí dándole vueltas a mis ideas en mi cabeza, anotando palabras clave, como ideas de poesía en un cuaderno que dejaba en el cajón de mi mesita de noche. También anotaba mis sueños, en los que un mundo verde y lleno de agua predominaba.
Mis tías habían vivido en esa época, poco menos de medio siglo atrás.
Había sido una época en donde los bosques aún no se habían extinguido, sólo un tercio del planeta era tierra, el agua salía libremente de las canillas y no había límite para lo que podías utilizar. Ana y Liliana, mis dos tías, eran gemelas, y me contaban entre risas cómo alquilaban un bote para ir al medio del lago y leer novelas prohibidas para su edad. Cada una con un remo, con sus parasoles de la época de sus abuelas sobre sus cabezas y un libro sobre las rodillas, se pasaban horas leyendo y comiendo deliciosas galletitas, absortas en el universo del libro sin salir físicamente de ése en el que habían nacido.
Luego vino la enfermedad, que no me sorprendió demasiado cuando me enteré que había sido una de esas que se inventaban cada año para mantener en crecimiento la industria farmacéutica. La enfermedad se salió de control, y en menos de un mes, el noventa por ciento de la población había caído. Se tardó poco en descubrir que quienes lo habían ideado todo, los más ricos y poderosos, ésos de los que no se sabe el nombre ni el rostro pero se siente su influencia, habían caído luego de una larga agonía. El dolor debió haberles devuelto su empatía, ya que transmitieron a todo el mundo su arrepentimiento, como si fuesen humanos en vez de lo que habían sido antes de esa enfermedad.
Lo único de utilidad que dijeron fue en dónde obtener recursos para sobrevivir. Algunas personas se mataron las unas a las otras en luchas por el poder. Otras se suicidaron, y unas pocas lograron llegar a los puntos de salvación y organizar asentamientos, que luego fueron mutando a pueblos, y más tarde a ciudades. Debido a la apabullante merma en la población, los recursos eran abundantes, y las personas que tenían conocimientos se hicieron indispensables. De nada servían las computadoras, u otros elementos electrónicos: todo lo que tenía chip se había destruido, o lo habían destruido por control remoto. Era evidente quiénes, aunque no se supo nunca el verdadero motivo por el que alguien con tanto poder y dinero destruiría desde computadoras hasta relojes. Nadie tenía ganas de recordar a los conspiranoicos que afirmaban que todo lo electrónico a nuestro alrededor eran aparatos demoníacos por medio de los cuales nos controlaban el cerebro. Fue un momento de locura de los poderosos, y ahora que no había cabezas para hacer rodar, surgieron nuevas para liderar.
Un par de meses después nacía mi madre.
Y, treinta y un años después, nací yo.

Mis tías decían que su vida era dura, pero yo no conocía otra.
Ir a la escuela, escuchar a profesoras derrotadas y hambrientas, oír las tonterías de los niños a mi alrededor, de nuevo escuchar los discursos del único hombre gordo de Prosperidad, el regente, ayudar en lo que podía a mis tías, estudiar, ir a dormir y soñar con el mundo que era más agua que tierra, y así todos los días. El pescado, eso que mis tías recordaban haber comido, era algo tan extraño para mí como el suelo de Marte.

Extraño/alien, je.

Lo que sí tenía en casa eran libros.
Libros viejos, polvorientos, con hojas quebradizas y un olor a polvo y chocolate, según me decían mis tías. Fuera lo que fuese, ese "chocolate" debía ser delicioso. Allí podía leer la vida antes de la guerra, antes de la enfermedad que la hizo mil veces peor, antes que el agua decidiese que no la merecíamos y se fuese a no sé dónde, cual ser pensante o como algo con memoria (algo tan ridículo como la existencia de un ser en el cielo que te castigaba para toda la eternidad si no le alababas como único motivo de tu ser). La guerra fue primero, la enfermedad sembró la locura y la muerte en quienes arrojaban bombas y manejaban los vehículos que transportaban soldados, seres que devoraban todo lo que encontraban cual termitas enloquecidas en un bosque virgen, dejando a su paso muerte, destrucción y futuros segados.
Sep, creo que mis tías me aleccionaron bien.
Aunque a veces sospechaba que no estaban del todo en sus cabales, por lo general eran mucho más lúcidas que la inmensa mayoría de las personas con las que interactuaba a diario. En algunas casas se enorgullecían de no haber leído un libro en su vida. Sabiendo lo esencial que había sido el conocimiento en la época de la organización post-apocalipsis y los primeros años, semejante postura sólo podía tildarse de imbécil. O quizás fuese miedo, ya que la mayor parte de los libros estaban en poder del regente. Ni siquiera él se atrevería a quemarlos, ya que allí estaba el conocimiento, pero no permitía que nadie le echase siquiera un vistazo a la bóveda que era su biblioteca.
Cada día se parecía más y más a un cerdo, como aquél de la granja de animales. Su gordura aumentaba, acaparaba los libros de los "disidentes", aunque no creía que los leyese. Tardaba cinco minutos en leer un párrafo de diez líneas, y los niños de primaria tardaban menos de la mitad. No comprendía por qué no usaba los libros, el conocimiento, ese poder que pocos tenían, para su provecho. No iba a sugerírselo, claro está: dentro de los muros había escasez de libros, pero fuera de los muros había desierto. El enfrentarse directamente sólo haría que me exiliasen, y yo nunca había salido de los muros de Prosperidad solo, siempre en grupos con la escuela o en el Día de Agradecimiento, en donde dábamos las gracias por vivir un año más. Siempre acompañados por su numerosa fuerza de seguridad personal, y siempre había algún "incidente" en la que se mostraba cuán capaces de matar eran dichas fuerzas. A veces moría más de un alumno por vez, siempre los menos capaces mental o físicamente. No había lugar para quienes no podían trabajar. La pereza, eso que las mitologías antiguas decían que era "pecado", era inexistente ahora.

El inglés era mi segunda lengua.
No por Martín, claro que no, sino por los foros.
Cuando era más chico, encontré un dibujito animado que me encantaba. Vi un solo capítulo en castellano, y después esperé tres semanas a que lo volvieran a pasar. Me fijé en el sitio web, envié correos electrónicos al canal, y me respondieron que no iba a ser transmitido porque el piloto había tenido muy baja audiencia en Latinoamérica. En ésa época, mamá y papá todavía estaban casados y yo me portaba más o menos bien, así que no les mandé un correo electrónico con todo lo que pensaba. En vez de eso, agarré y busqué la serie original con subtítulos en español (latino o el que encontrase). Y no había subtítulos en castellano.
De todos modos, me bajé las primeras tres temporadas de la serie y me vi la primera en un día. No entendía ni la mitad de lo que decían, pero no me rendí y busqué subtítulos en idioma original, es decir, en inglés, y me puse a traducirlos. Lo que no entendía iba a un traductor en línea. Y cuando al fin pude entender el inglés hablado, aunque sea el de los dibujitos, me metí a un foro que había encontrado mientras buscaba la serie, y empecé a postear.
Se dieron cuenta enseguida, claro.
Me preguntaban de dónde era, pero nunca les dije, y al final terminaron por cansarse. La serie duró trece temporadas, y al final podía entender el inglés como segunda lengua. Cuando terminó la serie yo ya era hijo de padres divorciados y Martín ya estaba instalado en casa. Fueron ocho años de entender un idioma que no era el mío, de hablarlo, escribirlo y entenderlo al punto que pensaba en inglés por horas antes de darme cuenta.
No se lo dije a nadie, pero Alana debía sospechar algo.

Por supuesto, la paz no duró.
Todo empezó cuando un enviado del regente fue a "proponerles" a mis tías que le dejasen su negocio al gobierno. No usó esas palabras, pero sus intenciones eran claras, y la respuesta de mis tías fue bastante ambigua. Habían dominado el arte de las palabras años atrás, alimentadas por las horas pasadas leyendo libros, y pensé que no pasaría a mayores. Después de todo, si bien no eran las únicas boticarias de la ciudad, sí eran las mejores, y nuestra clientela no se quedaría tranquila si algo les sucediese.
La redada fue doce horas después.
A las tres de la mañana, cuando la gente de Prosperidad daba por sentado que no habría rondas de patrullaje, tres Destripadores hicieron pedazos los cristales de mi ventana y entraron a mi habitación. En menos de un segundo, me inmovilizaron contra el suelo y uno me pegó una patada en la cara. Creo que me desmayé, porque lo siguiente que recuerdo es despertarme en lo que parecía ser una caja.
Era un cubo de metal, con barrotes en un lado y paredes sólidas en las otras cinco. El aire era húmedo y caliente, y el pijama se me pegaba a la piel. La poca luz que había parecía proceder de una pequeña ventana, fuera de mi vista, y alcancé a ver un vértice de una caja similar a la que yo estaba ocupando. Todas de un metro cúbico, vacías y amenazadoras. Me hizo pensar en un depósito de animales.
Fue por la luz de la ventana que supe que había pasado un día y una noche. La vi desplazarse con la lentitud de una hormiga por el piso de cemento, las cajas-jaula, las paredes irregulares y el techo con vigas. Luego, desapareció, y yo, sediento y confundido como estaba, empecé a pensar que se habían olvidado que me tenían allí. Los pasos de varias personas, el chirrido de una puerta que no podía ver y pasos acercándose a mi caja-jaula me demostraron lo contrario.
Reconocí el sonido de esas botas sobre el cemento, ya que había solo una clase de persona que podía usarlas: los Destripadores. Ni siquiera se me pasó por la cabeza que pudiesen haber venido a rescatarme. Un golpe en el techo de mi prisión me sobresaltó, y dejé escapar un pequeño grito de sorpresa. Luego, tres Destripadores asomaron sus cabezas del lado de los barrotes. Reconocí a la mujer, y supuse quiénes eran los dos hombres.
-¿Así que tú eres el freak?- preguntó la mujer.

Freakie, rarito, weird one, sí, capto.
Esto ya me sonaba a distopia en trilogía, pero la edad del protagonista, o del narrador si es que eran dos personas distintas, me hacía dudar. Gengi no se resignaba, y Howard parecía querer morder a varias personas. Quizás por eso lo encerraron en una jaula.

Luego de lo que me pareció una eternidad, cuando perdí la cuenta de las veces que me habían pinchado con agujas, me dejaron en una habitación tan blanca que me era imposible mantener los ojos abiertos. Estaba atado con correas a una camilla, y la Destripadora que había visto antes, que me recordaba a una araña por sus brazos largos y su pelo corto y negro, se aprovechaba de ello.
Me hablaba en un idioma que no entendía, pero hasta para mí, que apenas había entrado en la pubertad unos tres años antes, era evidente lo que quería decir. Durante la primera semana se limitó a hablarme con lascivia, goteando en cada palabra como si fuese veneno. Escuchaba sus pasos sobre el piso, incapaz de verla en todo momento por mis ataduras, y sus palabras llenas de algo tan asqueroso que no pensé que pudiese existir. Pero en este mundo lleno de humanos, cuando se está rodeado del infierno, a veces te conviertes en un demonio, y esta mujer se regodeaba por eso.
Esa fue la única vez que el regente hizo algo que me benefició.
Fue un beneficio mínimo en comparación a lo que hizo después, pero es lo único remotamente positivo que hizo en toda su vida. Al día siguiente que esa mujer intentase besarme a la fuerza, diciéndome que ese era un beso de adulto y que el resto lo haríamos después, ordenó mi destierro.
A las arenas del desierto.

-¿Qué pasó?- la voz me sonaba distinta, y hasta yo lo notaba. ¿Por qué no podía terminar de crecer de una vez, en lugar de hacerlo en cutas y pedacitos?
-Vaya, me has desbloqueado- la voz de Mirian no parecía resentida, sino casi divertida -¿A qué se debe la indulgencia del reino?
-Nena, no sé qué mierda pasó que, de golpe y porrazo, desapareces.
-Ya te deben de haber dicho algunas cosas.
-Pero eso dicen ellos. Por eso te llamo.
Hizo una pausa.
-Estafaron a mi padre. Congelaron todas sus cuentas, secuestraron nuestras propiedades, y las de mi madre también. Así que ahora estamos viviendo en la casa de verano de unos parientes.
-¿Eso es todo?
-¿Qué querés decir?- ahora empezaba a sonar enojada.
-Es decir, pensé que había pasado algo como un asesinato o algo horrible.
-Esto no es un paseo, nene.
-Sí, eso lo entiendo- Gengi frente a su casa en llamas. Howard en la caja-jaula -Es decir, entiendo que sea algo horriblendo, eh...
-¿Horriblendo?
-Horrible y horrendo, todo junto. El tema es que pensé que había muerto alguien de tu familia, o algo así, o que había pasado algo parecido, eh...
-Muchos "eh".
-Sí, eso, y resulta que eh...
Miriam se rió.
-¡No te rías, che, que intento saber qué te pasa!
-¿Qué me pasa como los otros, o qué me pasa como vos, como vos solo y no como parte de ellos?
-¿Pasa algo conmigo? No, pará, ¿TE pasa algo conmigo?
-No que yo recuerde, a menos que cuenta cuando te dije que no iba a traducirte un libro entero.
-Ah, eso. Ya lo traduje.
-¿Del chino?
-Y síp, si no, no me ganaba mi premio.
Y ahí me preguntó si era eso que tanto había querido.
-Pero al final, no lo quise.
-¿No lo quisiste?
-No, el libro estaba bueno. Yo no sabía que había libros buenos, y va mi hermana y me estampa ese en las manos. Y al final le pedí el segundo libro, y estoy en eso, pero está en inglés, y...
Miriam se rió.
-Epa, podés reírte.
-Sí, me río cuando algo me hace gracia.
-Ah, ¿te gustan los chicos graciosos?
-No, me gustan los chicos sabrosos. Esos que tienen contenido, cosas adentro, y no hablo de los órganos y la sangre y los huesos y cosas así. Cosas interesantes, digo.
-Cosas en el cerebro.
-Sííí, un cerebro activo con varias cosas, no sólo babas y tonterías de esas que te dan ganas de sacares el acné a cachetazos.
Ahí me puse a reír yo. Era lo más gracioso que había oído en mucho tiempo.
-Oh, vaya, puedes reírte.
-No, eso fue una grabación de una organización maligna para meterse en donde estás ahora y robar el elemento secreto que vos pensás que es algo común y corriente. Ahora te lo digo porque ya está hecho, y no hay forma en que puedas evitarlo.
-¿En serio? ¡Qué curioso! Porque en este momento estoy en el medio del espacio, en una cápsula extraterrestre, a punto de crear una nueva raza...

Luego de lo que me pareció una eternidad, me sacaron a empujones de la habitación blanca y me arrojaron lo que pensé que eran simples trapos. Pero al verlos mejor, vi que eran la clase de ropa que usaban los mendigos de la ciudad, aunque esta no apestaba a humano. Me arrancaron la bata que había sido mi vestimenta hasta ese momento, y me vestí tan rápido como pude, consciente que esa mujer estaba allí y deseaba verme desnudo.
Me metieron en un saco de tela rugosa, y luego me arrojaron sobre lo que parecía ser el piso metálico de un vehículo. Quizás, en la época de mis tías, hubiese escuchado el motor al arrancar, pero el combustible fósil era algo del pasado, y este vehículo, como todos los que existían en Prosperidad, funcionaban a pedal. Sentí el sacudón inicial cuando los dos pedaleros empezaron a mover el vehículo al mismo tiempo, y el chirriar de una puerta metálica al abrirse fue mi única advertencia antes de partir. Luego de unos minutos, sentí un repiqueteo familiar: había sólo un camino empedrado en Prosperidad, y era el que llevaba a las puertas principales. Me pregunté si me expulsarían desde allí, pero luego cambiaron el curso y regresaron al ritmo que da la tierra en los secos días y las frías noches de la zona.
Del vehículo a pedal pasé a algo vivo, y me asusté. Caí al suelo con un quejido, y alguien me propinó un par de patadas. El relincho del animal y el repiqueteo de los cascos me indicó que era un caballo, y sobre él volvieron a colocare, atándome para que no escapase. Había varas personas en caballos a mi alrededor, y después de un galope que me hizo desearle a los caballos un destino delicioso en un asador, el grupo se detuvo.
-Aquí te quedas- me dijo una voz masculina que no reconocí, seguida por una patada en la espalda y el sonido de los caballos alejándose.

Respiré el polvoriento aire del desierto.
Luego de semanas de no pararme, mis músculos no estaban del todo acostumbrados a funcionar como deberían. Sin embargo, los forcé a moverse, buscando la forma de salir de ese saco. Resultó que había una parte en donde se había rasgado, quizás debido a las patadas, y empecé a tirar de la abertura. La arena estaba fría. No soplaba viento en el medio de las dos dunas entre las que me habían arrojado, y no veía nada familiar. Moviéndome como podía, escalé la duna más pequeña, maldiciendo el tener los pies descalzos y las manos desnudas, e intenté pararme una vez llegado a la cima.
Desierto.
Kilómetros y kilómetros de desierto, y allí arriba el viento sí soplaba. Alcancé a ver lo que podrían haber sido las huellas de los caballos, pero en unos segundos ya se habían borrado. Además, no había garantía que hubiesen ido en línea recta. Volví a por el saco, desgarré varias tiras y me envolví los pies, intentando alejarlos lo más posible de la arena. Era el medio de la noche, y el frío me hacía tiritar, junto con el miedo por lo que había pasado y la incertidumbre por lo que podría pasar.
Intenté caminar hacia una dirección al azar, sin saber si volvería a Prosperidad, y qué haría si lograba llegar a sus muros. ¿Alguien sabría lo que había pasado en casa? ¿Habían descubierto que había ayudado a un vampiro a escapar? ¿Que había mentido a un grupo de Destripadores? ¿Mis palabras habían traído la desgracia a mi casa? ¿Mis tías estarían en libertad, al menos, física? ¿Las habrían forzado a hacer cosas horribles? ¿Y los vecinos?
¿Por qué no me habían asesinado, como todos y cada uno de los disidentes hasta el momento, quemado por los rayos del Sol?
La noche se hizo más oscura, las estrellas se volvieron más brillantes, y el viento arreciaba como si el regente lo enviase para castigarme. Me dolía el cuerpo, mis pies estaban lastimados, y temía la llegada del día. Sin agua, sin sombra, y temiendo que el viento se volviese una tormenta de arena, mi única salvación parecía ser el moverme. Si paraba, el agotamiento y el dolor me alcanzarían, me envolverían en sus brazos y me harían caer, sentándose sobre mí con todo su peso.
Tropecé.
Mi pie chocó contra algo duro que la arena apenas cubría, y sentí que el dolor estaba bañado por la humedad de mi sangre. Tal y como temía, mi cuerpo recordó que tenía peso, y me lo hizo sentir con creces. Tragué arena, tosí, intenté protegerme la boca y la nariz de la arena con mis manos, pero no sirvió de mucho.
Sintiendo el primer trueno a la distancia, deseé creer que había un lugar mejor después de la muerte, aunque sabía que no había evidencia alguna de eso. Y, de existir, mi negativa a someterme a los mandatos retrógrados e irracionales de la doctrina me hubiese negado la entrada. Yo era un ser racional, y asumía mis responsabilidades. En ese momento, deseé poder haber vivido más, haber sido de mayor ayuda, un niño más alegre para mis tías, uno que no hubiese traído la desgracia a su casa. Deseé que el regente cayese, como el bodoque de grasa que era, rodando por sus lujosas escaleras y se quebrase el cuello, dejando en paz a Prosperidad. Deseé que los niños y niñas de la ciudad pudiesen tener un mejor futuro que el servil destino al que aspiraban quienes sobrevivían a su escolaridad.
Cuando el viento me golpeó, sentí que me sacaría la piel a tiras. El azote del viento y la arena habían vuelto casi insensible mi cuerpo, y en mi boca tenía más arena que otra cosa, cuando percibí que alguien me levantaba. Medio enterrado, vi mis brazos colgar sobre el suelo, y creí ver un par de piernas que no reconocí. Luego, movimientos bruscos, y un golpe que me hizo perder el aire de mis pulmones. Velocidad. Dejaba atrás la tormenta, que ahora me perseguía. No tenía fuerzas para levantar la cabeza, y pronto me perdí en el alivio de la inconciencia.

domingo, 23 de noviembre de 2014

National Novel Writing Month 2014: "La chica de los sábados sin cielo"

Y todo parecía ir demasiado bien.

Trama más o menos armada, personajes ideados, planteo listo. Las primeras 25.000 palabras no fueron tan sencillas como el año pasado, e incluso no escribí en un día, pero el promedio me salvó. Me salva. Al menos, la cantidad de palabras, pero una novela es más que un número determinado de palabras escritas, y este año me di cuenta de eso.

Chateando con un colega, uno de los dos que logré arrastrar este año al NaNoWriMo, me di cuenta que el problema no estaba en la trama, donde se cruzaban varias historias de forma más o menos lógica, sino la protagonista. Mientras más características de ella listaba, más me daba cuenta que no era parecida al protagonista de mi NaNoWriMo del 2013, sino que era casi igual. Y que esas cosas que funcionaban tan bien el año pasado, no lo hacían en esta trama, en esta novela, con esta protagonista.

Ya sé que borraré el diez por ciento de lo escrito de esta novela, y el resto será reescrito casi en su totalidad. Pero ese es el objetivo del NaNoWriMo: escribir el primer borrador, ver qué funciona y qué no, revisar, reescribir. Menos animada que el año pasado, pero aún decidida a terminar este año.

No me termina de gustar el que se pueda validar la novela a los veinte días. Sí, sí, quizás haya quienes puedan hacerlo, pero eso disminuye las posibilidades de una buena novela. Como escritora me conviene (como individuo que vende libros y no como parte de la comunidad de escritoras), como lectora, me perjudica. Es una opción, y nadie te obliga a usarla. No creo que la utilice sino hasta llegado el fin del mes. Bendito sea el fin del año en la facultad, el año pasado no iba a la facultad, ahora sí, y se nota la diferencia.

Continuaré.

domingo, 10 de noviembre de 2013

NaNoWriMo 2013, día 10



Y heme aquí, a diez días de iniciado el desafío de escribir una novela en un mes, a un ritmo mínimo de 1.666 palabras por día. El resultado de los primeros diez días es más que satisfactorio: más de veintidós mil palabras en diez días, todo un récord en mi persona. Alguna ve intenté imitar a King, quien afirmó que escribía dos mil palabras por día, pero el tiempo erosionó mi ánimo e hizo que desaprovechase mis tiempos. Y ahora, que tengo tiempo e ideas, decidí asumir el desafío, y terminarlo.


La idea era algo raro, ya que, en un principio, no le veía trazo de fantasía más allá que alguna que otra pincelada, el famoso realismo fantástico latinoamericano que Márquez plasmó tan bien en sus "Cien años de soledad". Y luego las palabras comenzaron a fluir, no siempre en los horarios que establecí, pero siempre llegando a la cuota mínima y superándola. Cuando pensé que me quedaría sin "vapor", una película nacional sobre un boxeador ídem encendió la mecha de otras ideas, que explotaron en cadena y me dieron más material para continuar. O la conversación con Zeta, un colega friki con un nivel creativo similar al mío. O jugar rol. O tomar té en hebras. O escuchar a un blogger en un video comentando sus experiencias.

Las palabras fluyen, no siempre todas en un mismo bloque de tiempo, pero fluyen. Quizás haya piedras en el camino, o un obstáculo impida que vaya en la dirección deseada, pero a un tercio de completar el desafío (y con vistas a finalizarlo antes del veinticinco del corriente), puedo decir que todos mis años escribiendo me han sido de un valor enorme, tan grande que no puede ser medido sino con palabras ambiguas. Con once novelas escritas, cinco de ellas terminadas y la última de ellas en curso, decenas de cuentos y fanfics y media docena de traducciones, el lenguaje fluye y la historia va cobrando vida propia, creciendo, enseñándome cosas. En dos semanas, catorce días, podré llegar a la meta de cincuenta mil palabras, y seguiré hasta terminar el libro. Porque "Tinta china sobre papiro" tiene mucho por contar, y yo también.

¡Éxitos, colegas de NaNoWriMo 2013!


lunes, 5 de agosto de 2013

Trenza, capítulo 9


9: Cuarto día



Daichi supo, al instante, que no estaba en su habitación.

Estaba sobre una cama, no en un futon, y las sábanas eran de un material distinto. Los sonidos eran diferentes, y por la forma en que llegaban a él, provenían de aberturas en una posición que distaba de ser la de su dormitorio. El Sol calentaba desde otra dirección, y la temperatura difería.

Y el aroma.

El aroma era uno que había llegado a conocer en los últimos días, uno especiado y exótico, sutil pero muy, muy memorable. Provenía de las sábanas, de su largo pelo, del pijama (diferente al propio) y de su piel. De su cuerpo, un cuerpo con una forma distinta de la que había estado ocupando toda su vida.

Abrió los ojos despacio.

Y se encontró en una habitación desconocida.




Medoro se despertó, confuso al no haber oído su reloj despertador.

Se llevó las manos a la cara, diciéndose a sí mismo que podría hacerlo, que era un día más cerca de romper el bucle y conservar la tela de la realidad sin desgarrones. Sintió que unas manos ajenas se posaban sobre una cara que no le era conocida, y abrió los ojos.

Ése no era su techo.

Se sentó sobre el futon, confundido, reconociendo el lugar enseguida. La mesita baja, el piso, las paredes al estilo japonés, la botella de agua cercana. Tanteó su cabeza, que tenía el pelo corto y una forma algo distinta a la de toda su existencia, y sintió que el pánico amenazaba con abrirse paso.

Cerró los ojos y respiró hondo.

Y fue a buscar un teléfono.




En el baño confirmó sus sospechas: unos ojos verdes le devolvieron la mirada, de una forma muy diferente a la que usaba Medoro. Se quedó allí unos segundos, dejando que las implicaciones de la situación se hundiesen en su ser.

Joseph los había descubierto.

De alguna manera, su caótica mente había conectado los puntos, y ahora los estaba atacando de forma directa. O quizás siempre lo había sabido, y la explosión le hizo ver la utilidad de esa información. ¿Qué le había hecho saber que él era un shinobi? ¿Qué confirmó que él era alguien que sabía del bucle de tiempo? Era demasiada casualidad, si es que era eso.

O quizás fuese una ilusión.

Una de esas ilusiones que, a diferencia de las que había experimentado antes, eran reales. En esta situación, no eran sus sentidos alterados quienes le decían que era otra persona, sino que la realidad misma había sido doblara, retorcida, obligada a eso. Daichi estaba entrenado para romper ilusiones, y había aprendido a distinguir qué era real y qué no. Y todo este Caos era real.




Encontró el teléfono celular de Daichi en su mochila, y empezó a marcar su número. Se detuvo a medio camino, dándose mentalmente una palmada en la frente, y empezó a marcar el número de su propio celular. Lo único que recibió en respuesta fue un aviso que las líneas estaban caídas.

Respiró hondo.

No iba a entrar en pánico.

No importaba que su forma de percibir su entorno fuese abrumadora, que no pudiese concebir la tela de la realidad o los hilos de la existencia. Tampoco que ése cuerpo fuese algo más petizo, que tuviese otro peso y otro nivel de agilidad (casi se cayó varias veces al notar la facilidad con la que podía moverse). Estaba en el cuerpo de Daichi: de seguro él no le haría nada a su cuerpo de Naga. Si es que despertaba así. Si es que despertaba.

Se puso de pie, respiró hondo, mantuvo el aire en sus humanos pulmones por diez segundos, y luego fue hacia el armario. Tomó lo que más familiar le era: el traje de Framtiden. Luego de ponerse todo a excepción de los zapatos, fue hacia la sala, que había visto de pasada la primera vez que había ido allí, y que ahora recordaba que tenía un teléfono fijo.

Lo vio sobre una mesita baja, y hacia el aparato fue.

-¿Quién eres?

Medoro se detuvo en seco.




Su reflejo era claro, podía leer, sus manos eran las mismas de siempre, los relojes funcionaban. Su percepción estaba muy reducida: casi como el de una persona normal, según lo que le había enseñado su padre y lo que había descubierto él mismo. Sin embargo, notó que, al posar sus ojos sobre un pendiente apoyado sobre un cuaderno de notas de la mesa de luz, percibía mucho más.

En su cuerpo podía notar muchos detalles, dado su entrenamiento, pero esa joya tenía mucho más de lo que había podido ver hasta “ayer”. Su cerebro se llenó de propiedades, historias, datos, formas de tallar, nombres de gente que no sabía que existía. Casi fue una sobrecarga, y aparto la mirada enseguida.

Y los hilos.

No era algo que pudiese describirse como una imagen, pero si tuviera que hacerlo, sería como una red de hilos, que formaba una tela, que corría riesgo de rasgarse y que estaba en un bucle, como un universo en forma de burbuja y su línea temporal del primero de Marzo. Daichi entendía poco más de la mitad, pero estaba ahí, y cada vez que se acercaba a una persona, podía percibir la forma en que tocaba otros hilos, la forma y el color, aunque no era esa la palabra exacta. Lo confirmó cuando tomó el uniforme de Framtiden, se vistió y fue hacia lo que supuso que era el comedor. Allí estaba la familia que alojaba a Medoro, feliz de verlo despierto.

-¿Cómo has dormido, querido?- le preguntó la madre, sonriendo de oreja a oreja, sentada a la mesa de madera oscura.

Daichi notó que tras esa sonrisa se escondía un interés material. Su hilo era de un color fuerte, y sus intenciones eran claras.

-He dormido bien, gracias por pregunta, madame- respondió, sonriendo, recordando la forma en la que Medoro se dirigía a las muchachas.

-Siéntate aquí, muchacho, y toma tu desayuno- dijo el padre, con el mismo tipo de sonrisa. Sus modales, su forma de hablar, la ropa y el calzado que usaban, la mucama sirviéndoles el desayuno, el desayuno en sí, todo hablaba de riqueza, y de deseos de aumentarla gracias a él. A Medoro.

El hilo no se unía del todo.

-Si me disculpan, necesito usar el teléfono- dijo Daichi, con el encantador tono de Medoro, y se retiró.




La voz sonó dura, y Medoro sintió que su cuerpo se helaba. Miró hacia un lado, desde donde había venido la voz, y se encontró con un hombre similar a Daichi, pero treinta años mayor. Su percepción aumentada de la realidad le llenó de detalles la cabeza en un momento, y le tomó un par de segundos entender lo que veía.

-¿Padre… - el otro no respondió.

El hombre dio un paso hacia él.

Medoro detectó los instintos agresivos, de cautela, de sospecha en él.

-…de Daichi?- terminó, aún confundido por la sobrecarga de datos.

El instinto asesino dejó de intensificarse y de crecer, a la espera.

-¿Quién eres?- repitió el adulto, y Medoro reaccionó.

-Alguien muy confundido, señor… ¿Takahashi?- su cerebro estaba cerca de la sobrecarga, pero así y todo, sabía que no podía pretender ser Takahashi hijo. ¿Así era como Daichi percibía la realidad? –Me desperté… en el cuerpo de Daichi, y no sé qué ha pasado.

Lo cual era verdad.

El padre de Daichi no parecía convencido para nada. Medoro supo, de alguna forma, que el adulto estaba listo para atacarlo si hacía algún movimiento en falso. Buscó algo adecuado para decir, y se encontró con que no lo hallaba. Las palabras, que le salían tan fácil en cualquier otra situación, ahora se escapaban a su hiperperceptivo cerebro. Porque este no era su cerebro de Naga, era un cerebro de humano.

-¿Dónde está mi hijo?

-Creo… que lo lógico sería que esté en mi cuerpo… y las líneas de teléfonos celulares están cortadas. Iba a usar el teléfono para llamar… a la casa en donde estoy alojado. Mi cuerpo estaba alojado. Está. Creo.

La hiperpercepción le estaba dando dolor de cabeza, y aumentó a “masivo” al comprender, de forma confusa pero muy presente, que Takahashi padre estaba más que molesto. Parecía una furia fría y en calma, que se esparcía por el cuerpo y se volvían energía, o concentración, o fuerza, o se guardaban para utilizarse cuando se las necesitase. Ese hombre tenía un gran control, y un… algo similar a Daichi, algo distinto a la genética, a la familia, como el pulido que se le daba a dos gemas de la misma roca.

Habilidades escondidas.

En un envase común, de esos que se miran por un segundo y se olvidan al siguiente, por ser el punto medio del punto medio. Pero si se buscase en su interior, se encontrarían gemas exóticas y con un pulido pocas veces visto. Entrenado hasta la perfección física, con una habilidad que Medoro no recordaba haber visto o percibido en ningún joyero. Porque allí había una joya, frente a él, y estaba a segundos de cortarlo, como la punta de un diamante.

-Las líneas nunca han funcionado.

La frase cayó como una losa sobre su cabeza, y Medoro lo miró, confundido, olvidando por unos segundos la maraña que tenía en la cabeza. Él mismo había usado las líneas telefónicas el día de su llegada, para anunciar a su familia sus impresiones. Lo mismo con su celular, cuando había hablado con Daichi. Sabía, de alguna confusa manera, que Takahashi decía la verdad, pero era una verdad modificada. Como si alguien hubiera cambiado, no una regla, sino una parte de ella. Y lo había hecho de forma progresiva, iteración tras iteración.

En otro momento, si Medoro hubiese estado en su cuerpo, le había preguntado cómo era posible, si funcionaba el último día de Febrero. Sin embargo, Daichi debía conocer muy bien a su padre, porque supo de inmediato que eso sería una muy mala idea. Y no tenía el encanto propio de los Nagas, lo cual podría haber sido decisivo.

-Entonces, ¿por qué hay teléfonos en Trenza?

Esa pregunta pareció no tener efecto, pero algo sutil, mucho más sutil que cualquier cosa que hubiese percibido, cambió. Algo que podía percibir sólo por el lazo de padre e hijo, cosa que no podía detectarse de otra manera.

-Cuando llegué al archipiélago, había faros. Cuatro. Uno en cada isla, apuntando hacia los cuatro puntos cardinales. Ahora no están.

Despacio, la comprensión empezó a chispear en su cerebro. Medoro entendió que su forma de enfrentar una situación como esta, la forma que había usado toda la vida, no era válida en este caso.

-¿Cuándo has llegado a Trenza?- preguntó Takahashi.

-Llegué el veintinueve de Febrero. Y desde ése día, muchas cosas han cambiado.

El adulto lo miró fijo.

Medoro reconoció sin dificultad esa mirada: estaba hecha para intimidar, para obtener más información de la que se le daba. Medoro se lo habría dicho todo, pero ahora estaba en el cuerpo de Daichi, y él entendía de otro modo. Tenía otras armas. Y otros métodos. Le sostuvo la mirada, tal y como se la había sostenido a Joseph en la biblioteca, y esperó.

Pasaron varios minutos.

Entonces, el señor Takahashi hizo un movimiento rápido y le arrojó algo. Medoro, más por instinto del cuerpo que por otra cosa, lo atrapó al vuelo, sintiendo una forma bastante esférica en su palma. Tardó menos de medio segundo en entender que se trataba de una manzana, y la miró, curioso, para luego mirar a Takahashi padre.

-No llegues tarde- fue todo lo que le dijo, mirándolo fijo.




Pronto, Daichi se dio cuenta que era imposible que un Naga fuese un ninja.

Incluso con un ninja dentro del cuerpo del Naga.

Cada paso que daba parecía atraer la atención de quienes le rodeaban. A veces, en sentido literal. Intentaba hablar como lo hacía Medoro, utilizando el método de la máscara, pero era como intentar introducir un cilindro dentro de un triángulo de menor tamaño. Todo en ése cuerpo estaba hecho, había sido entrenado, o había nacido para resaltar entre la multitud.

Moverse como Medoro no le resultó tan difícil: era un poco más alto ahora, pero su entrenamiento mental le sirvió de mucho, aunque a veces ése cuerpo no le hacía caso como él quería. Fue el intentar deslizar algún movimiento o maniobra en esa rutina lo que le ganó varias miradas curiosas. De momento, decidió no intentarlo otra vez, y se concentró en los eventos actuales.

Por ejemplo, ése extraño hilo a rayas blancas y negras.

Titilaba en existencia a veces, de forma tan débil que a veces dudaba si habría estado allí. Y lo hacía en distintos ligares de la “tela”, acercándose a distintos hilos. De alguna forma, Daichi sabía que eso representaba a Joseph, y a su caótica existencia, en relación con las de otros seres. Estaba allí, merodeando, y la forma en que lo hacía lo tranquilizó un poco.

Joseph no los había descubierto.

El tiempo que estuvo observándolo a él fue el mismo que tardó en observar a otros hilos de la existencia. Hilos que parecían ser de otras telas, pero que eran de la misma: en cada tela había dos hilos que habían sido “intercambiados” en un segmento, y ése era sólo uno de los tantos mundos, o burbujas, en las que revisaba. Como en un experimento, Joseph iba vigilando las reacciones de los diversos “mundos”. Los pares de hilos eran de un tipo especial: Daichi presintió que no eran de la misma familia. Sin embargo, eran los que más unidos estaban, y eso lo hizo pararse en seco.

“La amistad es una carga que el ninja no puede permitirse”

En ése momento, Medoro era el ser más cercano a él, además de su padre. ¿Acaso era sólo por las circunstancias? ¿Por las veces en que le había salvado la vida? ¿Por el brazalete? ¿Por alguna variable que no estaba contemplando, en esa mente con una percepción, no profunda, sino longitudinal?

No era la clase de muchacho con la que habría hecho buenas migas, pero en ése momento, ayudarse el uno al otro era la única forma de poder romper el bucle de tiempo. Ninguno de los dos lograría sus objetivos, fuesen cuales fuesen, si el bucle continuaba. Y Joseph podría no detenerse allí. Medoro había comentado que el límite del poder del Mago del Caos eran las islas de Trenza. ¿Y si una vez acabado ese país, iba a por otro?

¿Habría sobrevivido Medoro a su padre?




Haruka y Taro le esperaban de camino, y Medoro siguió con el patrón de pensamiento de Daichi. Charlaron de trivialidades, aunque el corazón le latiese a mil por hora. La idea de la “máscara” funcionaba: al parecer, Daichi la utilizaba mucho. El dolor de cabeza había bajado gracias a un par de analgésicos, pero la cabeza aún le latía.

Cuando llegó a la puerta de la escuela, vio llegar un auto muy conocido.

En el camino desde la casa Takahashi, Medoro había intentado reunir toda la información que tenía sobre la situación actual, sumada a lo que sabía Daichi. La conclusión había sido algo sorprendente. La rapidez con la que los dos pensamientos habían formulado hipótesis, comparado evidencias, formado teorías y llegado a una conclusión más sólida que cualquier otra le sorprendió.

Esperaba que no fuese la equivocada.

Cuando la puerta del auto se abrió, un Medoro encantador bajó del vehículo. Haruka y Taro se detuvieron, pero “Daichi” siguió andando, ante la mirada de todas las personas a su alrededor. Notó, como al pasar, la mirada de las dos muchachas que había visto tantas veces antes, y sonrió para sí: encajaban en el perfil de las que disfrutarían lo que seguiría.

Cuando “Medoro” empezó a caminar hacia la entrada, “Daichi” se le puso a la par. Colocándole una mano en el hombro al muchacho más alto, hizo que los largos cabellos se moviesen como una sedosa cortina al girar la cabeza a la que estaban unidos. Entonces, “Daichi” acunó el sorprendido rostro en sus manos, y se puso en puntas de pie.




Al ver su cuerpo, Daichi pensó que le gustaba lo que veía.

No era a través de un espejo, sino visto por los ojos de un Naga, alguien nacido y criado para llamar la atención. Medoro había logrado imitar bien sus movimientos y, a sus viperinos ojos, Daichi Takahashi no destacaba para nada. Sí lo hacía cuando recordaba las situaciones en las que había estado, en las que tenía a ese habilidoso muchacho en una muy alta estima.

El de la sangre fría. El que mantenía la calma en todas las situaciones. El que poseía muchas habilidades, como las más preciosas joyas dentro de un cofre que, si no se abría, pasaba desapercibido. Ése que lo había salvado de la desesperación. Ése cuyo hilo de la existencia se acercaba cada día más al propio.




Medoro estaba satisfecho con su aspecto: carismático, de buen ver, incluso algo elegante. Ésa aura de encanto lo rodeaba incluso cuando él no estaba dentro de su cuerpo. Su exotismo se notaba incluso si no se revelaba su origen mitad indio. El brazalete quedaba oculto por las mangas de la camisa del uniforme, que llegaban hasta el codo. Sus movimientos eran los de siempre: sorprendido, observó cómo Daichi había adaptado los suyos al cuerpo en el que se encontraba.

El exótico ser. El que tiene el conocimiento. El que tiene la visión. Ése que le había salvado la vida en más de una ocasión. Ése que había pasado del pánico absoluto a controlarse, hasta actuar casi sin desesperación.

Esos y otros pensamientos estaban en la memoria de Daichi.

Y el verdadero Daichi estaba acercando sus rostros.




El silencio llenó su entorno.

Las dos muchachas observaban la escena, emocionadas, y emitieron un jadeo casi al unísono. Taro y Haruka miraban a “Daichi”, el primero sonrojado y el segundo con la mandíbula colgando. El padre de la familia que alojaba a “Medoro” estaba paralizado.

Daichi estaba besando a Medoro.

Y no sólo besándolo, sino metiendo su lengua en la boca del otro muchacho.